Octubre llegó con calabazas, disfraces y una dosis de realidad que varias figuras con poder probablemente habrían preferido dejar para después de Halloween. El famoso truco o trato parece haber cambiado de domicilio, porque esta vez el susto tocó las puertas de personajes acostumbrados a moverse cerca de los círculos políticos y empresariales. En cuestión de días aparecieron en escena Jorge Amílcar Olán, Andy y Bobby López Beltrán, Carlos Alberto Torres, Marina del Pilar y una ofensiva del Departamento del Tesoro de Estados Unidos que coloca bajo lupa las relaciones entre dinero, política y crimen organizado.
El caso de Amílcar Olán tiene, por sí mismo, todos los ingredientes de una novela política mexicana. Al empresario, muy “amigo” de los hijos de Andrés Manuel López Obrador y con denuncias relacionadas con corrupción en contratos de medicinas y obras públicas, no le enseñaron el truco de esconderse, y fue localizado en Suiza. Luego apareció The New York Times, que publicó que dos agencias de seguridad estadounidenses analizan acusaciones relacionadas con Andy López Beltrán y posibles vínculos con el contrabando de combustible y el crimen organizado.
Como si octubre quisiera respetar el guion de una película de terror político, el Departamento del Tesoro estadounidense lanzó una de sus acciones más amplias contra las redes del Cártel de Sinaloa, con más de una veintena de personas y empresas dentro de la lista de sancionados. Entre los nombres aparece Ismael Zambada Sicairos, el hijo de El Mayo, y también Carlos Alberto Torres, el exesposo de la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila. Se acusa a Torres de utilizar influencia política para favorecer actividades del cártel, mientras que la propia gobernadora ha marcado distancia con las sanciones contra su expareja.
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Lo más importante de todo es que Washington ya no concentra sus acciones en los jefes visibles del narcotráfico, porque ahora también apunta hacia operadores financieros, empresas, facilitadores y figuras con vínculos políticos, mientras que México, más allá de bloquear cuentas a través de la Unidad de Inteligencia Financiera, sigue en un silencio protector hacia los hijos del promotor de una “transformación” inepta y sus secuaces.
La consecuencia política puede ser mayor que cualquier escándalo de una semana, porque cuando las instituciones financieras comienzan a cerrar puertas y las autoridades de otro país examinan redes que mezclan negocios, funcionarios y organizaciones criminales, la reputación deja de ser un asunto de comunicación y pasa a tener consecuencias patrimoniales, comerciales y jurídicas.
Y mientras México enfrenta esta sucesión de fantasmas, Brasil acaba de entregar otra señal. Flávio Bolsonaro obtuvo el primer lugar en la primera vuelta presidencial de este domingo, con 47 % de los votos válidos frente al 45% de Luiz Inácio Lula da Silva, por lo que ambos disputarán la segunda vuelta el 25 de octubre. El resultado contradijo las previsiones de las encuestas y demuestra que la fuerza electoral de la derecha brasileña sigue siendo suficiente para disputar el poder nacional.
México difícilmente podrá esquivar esta conversación, porque la región atraviesa una etapa en la que las fórmulas políticas tradicionales reciben cada vez más cuestionamientos y la derecha vuelve a ocupar un espacio relevante en las urnas. Brasil todavía no ha elegido presidente y nadie puede anticipar el desenlace, pero la primera vuelta ya dejó una advertencia para los partidos, como el de la 4T, que durante años asumieron que determinadas mayorías les pertenecían por derecho propio.
Octubre apenas comienza y todavía faltan demasiadas cartas por aparecer. Entre el truco o trato, las sanciones de Washington, las investigaciones que apenas se revisan y una elección brasileña que volvió a poner a la derecha en el centro de la conversación latinoamericana, quizá el verdadero terror para algunas figuras de poder sea comprobar que los viejos mecanismos de protección ya no ofrecen la misma seguridad. México tendrá que observar ese cambio regional con detenimiento, porque los fantasmas de la corrupción, la inseguridad y el desgaste político no entienden de disfraces y tarde o temprano terminan tocando la puerta.
