En México, la política ha desarrollado una costumbre que raya en el cinismo. Las campañas ya no respetan calendarios ni formas, y aunque la ley establece tiempos claros para competir por el poder, en la práctica esos límites se vuelven decorativos. Los partidos han perfeccionado un mecanismo que les permite simular organización interna mientras mantienen encendida su maquinaria electoral. Reuniones territoriales, giras con militantes y encuentros “informativos” cumplen una función evidente, y no es precisamente preparar estructuras, es hacer campaña antes de tiempo.
Este comportamiento no es nuevo, pero sí resulta cada vez más evidente. Y lo más preocupante no es la estrategia política en sí, sino el mensaje que envía. Cuando un partido decide enfocarse en la siguiente elección sin haber resuelto los problemas actuales, deja claro dónde están sus prioridades. La narrativa oficial intenta presentar estas actividades como ejercicios legítimos de organización interna, pero la lectura real es otra. Nadie recorre territorios de forma constante durante años sin una intención electoral clara y llamarlo de otra forma es subestimar la inteligencia de la gente.
Realmente el problema de fondo no es la actividad política. Los partidos existen para competir y buscar el voto. El punto crítico está cuando esa competencia se adelanta mientras los resultados de gobierno quedan pendientes. Cuando la Cuarta Transformación llegó al poder lo hizo con promesas ambiciosas: combatir la corrupción, mejorar la vida pública y ofrecer condiciones más justas. Ocho años después, la evaluación se construye con la experiencia diaria de los ciudadanos, y esta experiencia no coincide con el mensaje gubernamental. Basta revisar el gasto familiar, el estado de la infraestructura o la calidad de los servicios.
Por otro lado, el impacto de esta desconexión va más allá de la política. México depende, en buena medida, de la confianza para sostener su actividad económica, y sectores como el turismo requieren una percepción de estabilidad y certidumbre. El país se prepara para eventos de proyección internacional, como el Tianguis Turístico 2026 en Acapulco, espacios que buscan mostrar fortaleza y capacidad organizativa. Sin embargo, esa imagen pierde consistencia cuando la conversación pública se llena de inconformidad por precios, servicios y calidad de vida.
A estas alturas, el partido en el poder debería tener claridad sobre el desgaste que enfrenta. La insistencia en adelantar campañas refleja una apuesta equivocada y creer que la presencia territorial sustituye a los resultados es un error básico. Morena necesita algo más que movilización interna, porque gobernar implica asumir costos, rendir cuentas y corregir fallas. Mantener activa la estructura política mientras los problemas persisten minimiza la confianza, y el mensaje que reciben los mexicanos es que la prioridad no es resolver, es permanecer. Si se insiste en priorizar la campaña sobre la gestión, el mercado y los ciudadanos, van a cobrar ese costo sin aviso. Y cuando llegue ese momento, no habrá discurso ni plaza llena que alcance para justificar lo que no se hizo.