El Mundial terminó y México regresa a su realidad cotidiana con dos imágenes que, juntas, muestran el estado actual del proyecto que gobierna este país.
La primera es la de Marx Arriaga, el hombre que durante años tuvo en sus manos el diseño ideológico de los libros de texto con los que la 4T quiso moldear el pensamiento de millones de niños mexicanos, anunciando en redes sociales que tiene que vender su casa en Ciudad Juárez porque no puede pagar la hipoteca, porque el banco le cobra intereses y porque la SEP, seis meses después de su salida, todavía no le ha pagado su liquidación.
La segunda imagen es la de Claudia Sheinbaum en el MetLife Stadium, en el palco más codiciado y caro de la final del campeonato, rodeada de figuras de primer nivel, como invitada de quien, según los del Palacio Nacional, puso en duda su valentía y había afirmado que son los criminales quienes gobiernan a México. Tan populista no será.
Empiezo por Arriaga porque su caso tiene una ironía que merecería figurar en cualquier manual sobre las contradicciones del pensamiento colectivista aplicado a la vida real. Este señor pasó años desde una posición de poder institucional diciéndole a México cómo debía pensar, qué valores debía transmitir a sus hijos y qué modelo de sociedad debía aspirar a construir, con libros de texto que generaron una polémica nacional por su contenido ideológico y por la forma en que intentaron sustituir el pensamiento crítico por consignas.
Hoy, ese mismo señor no puede cumplir con un contrato que él mismo firmó ante un banco, y pretende que la opinión pública le extienda algún tipo de solidaridad porque culpa al Gobierno, a la institución financiera o a quien se deje, de que sus cuentas no cuadren. Ricardo Salinas Pliego le respondió con una propuesta que, más allá de su carga sarcástica, contiene una verdad elemental, y es que las deudas se pagan trabajando y cumpliendo la palabra empeñada, y ningún discurso ideológico, por elaborado que sea, sustituye esa obligación.
El caso Arriaga tiene además una dimensión que va más allá de su situación personal y que me preocupa como empresario con un hijo en edad escolar. Los libros de texto que este funcionario diseñó siguen siendo la herencia más tangible de un proyecto educativo que intentó reemplazar el conocimiento técnico y el pensamiento independiente por una narrativa ideológica construida desde el poder. Eso no es educación, es adoctrinamiento con presupuesto público, y el hecho de que quien lo orquestó hoy no pueda pagar su hipoteca no borra el daño que esos materiales han causado en generaciones de estudiantes que merecían algo mejor.
Y luego está Sheinbaum en el MetLife. La presidenta, que encabeza un Gobierno que se reivindica como la representación más auténtica del pueblo mexicano, aceptó la invitación de quien la había atacado públicamente, cuestionado su valentía y afirmado que México está en manos del crimen, para presenciar desde un palco privilegiado el partido más exclusivo y caro del campeonato.
Esa imagen recorrió todos los medios y dijo en silencio lo que ningún discurso de austeridad republicana puede desmentir, que el privilegio que este Gobierno critica en los demás es el mismo que ejerce sin rubor cuando nadie espera que le tomen foto.
El Mundial terminó y México regresa con las mismas personas en los mismos lugares, el ideólogo sin hipoteca, la presidenta en el mejor palco del planeta y los libros de texto todavía en las mochilas de millones de niños que merecían algo distinto. Eso es lo que la 4T llama transformación, y ese es el proyecto que este país sigue financiando con sus impuestos mientras le explican que el problema es el mercado, el banco o el empresario que no quiere ceder lo suficiente.
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