México ocupa un lugar privilegiado entre los países con mayor riqueza natural, cultural y patrimonial del mundo, razón por la cual el turismo representa mucho más que una actividad económica asociada a la llegada de visitantes o la ocupación hotelera.
Por eso, desde mi responsabilidad al frente de la Secretaría de Turismo, mantengo la idea de que el crecimiento turístico debe entenderse como una oportunidad para mejorar la calidad de vida de las comunidades, proteger nuestros recursos naturales y fortalecer la identidad de cada región del país, en especial ante el crecimiento de nuevos proyectos de infraestructura, conectividad y servicios, que buscan ampliar la oferta turística nacional.
Durante décadas, el país encontró en sus playas, selvas, zonas arqueológicas, ciudades históricas y tradiciones comunitarias una fuente de desarrollo para millones de familias. Sin embargo, también observamos que el crecimiento sin planeación adecuada puede deteriorar aquello que precisamente vuelve atractivo a México ante los ojos del mundo. Cuando una región pierde acceso al agua, cuando se altera el equilibrio ambiental o cuando las comunidades locales quedan excluidas de los beneficios económicos, el turismo deja de cumplir su función social y se convierte en una presión adicional para los territorios.
Por esa razón, dentro de la Secretaría hemos insistido en la necesidad de impulsar una visión turística que incorpore criterios ambientales desde el origen de cada proyecto. Cada nueva inversión relacionada con hoteles, carreteras, puertos, aeropuertos o espacios recreativos requiere considerar el impacto que tendrá sobre los ecosistemas y sobre las personas que habitan esas zonas desde hace generaciones.
La preservación de áreas naturales, la protección de especies, el manejo adecuado de residuos y el uso racional de recursos como el agua y la energía representan temas que hoy forman parte de las discusiones más relevantes sobre el futuro turístico del país. Resulta indispensable comprender que nuestros paisajes naturales constituyen el principal patrimonio turístico de México y que, si permitimos su deterioro, afectamos también la economía de miles de familias cuya subsistencia depende directamente de esta actividad.
Al mismo tiempo, considero fundamental fortalecer el turismo comunitario como una vía que permita distribuir mejor los beneficios económicos. En distintas regiones del país, existen comunidades que han sabido proteger su patrimonio cultural y natural a través de proyectos turísticos administrados por sus propios habitantes, quienes ofrecen experiencias ligadas con la gastronomía local, la artesanía, la medicina tradicional y el ecoturismo. Este modelo permite que los ingresos permanezcan dentro de las comunidades, y evita prácticas que durante años solo favorecieron a grandes grupos económicos.
Desde el Gobierno federal mantenemos la misma ideología con respecto al rumbo que debe seguir el turismo mexicano. Necesitamos ampliar la infraestructura y modernizar espacios turísticos porque millones de visitantes nacionales y extranjeros continuarán llegando al país atraídos por nuestra diversidad cultural y natural. Sin embargo, también debemos reconocer que el crecimiento turístico pierde sentido cuando afecta la vida cotidiana de las comunidades anfitrionas o compromete recursos que pertenecen a las futuras generaciones.
Estoy convencida de que México puede construir una política turística capaz de generar prosperidad económica sin sacrificar sus riquezas. Nuestro país posee la capacidad, la experiencia y el talento para impulsar proyectos turísticos responsables, que respeten la biodiversidad y que reconozcan el valor de las comunidades locales.
Desde la Secretaría de Turismo continuaré defendiendo una visión en la que el desarrollo turístico avance junto con la protección ambiental y el bienestar social, porque el verdadero éxito de esta industria dependerá de la forma en que cuidemos aquello que hace único a México.
