Hay algo profundamente revelador en la forma en que la política mexicana ha comenzado a
utilizar la inteligencia artificial, porque más que representar modernidad o sofisticación
tecnológica, exhibe con crudeza la pobreza intelectual de buena parte de las estructuras
partidistas. Basta recorrer unos minutos cualquier red social para encontrar decenas de
publicaciones que parecen escritas por la misma persona, aunque provengan de legisladores
diferentes o de aspirantes que supuestamente representan proyectos opuestos.
En el mundo digital esto se conoce como AI slop, una expresión utilizada para describir
contenidos producidos de manera masiva que aparentan ser elaborados, aunque en realidad
carecen de identidad, profundidad y pensamiento propio. Son textos impecables en
apariencia, cuidadosamente neutros, incapaces de asumir una postura clara y construidos a
partir de fórmulas repetitivas que terminan pareciéndose unas a otras.
Lo preocupante es que esa práctica ya colonizó la comunicación política. Los equipos de
campaña descubrieron que una plataforma puede producir en segundos decenas de
mensajes, discursos, comunicados y publicaciones para redes sociales. El resultado es una
avalancha de contenido donde todos hablan igual, todos utilizan las mismas palabras de
moda y todos parecen haber contratado al mismo asesor.
La inteligencia artificial es una herramienta extraordinaria cuando se utiliza con criterio.
Sin embargo, cuando sustituye el pensamiento estratégico, el efecto resulta devastador
porque, aunque la tecnología amplifica la calidad de una idea, también multiplica la
mediocridad cuando detrás no existe una visión auténtica.
Desde mi punto de vista, como empresario que conoce de la industria de la comunicación,
eso explica por qué muchos de los aspirantes que ya realizan campañas anticipadas rumbo a
2027 producen mensajes intercambiables. Cambia el nombre del político y el contenido
continúa funcionando exactamente igual. Las publicaciones transmiten una sensación
extraña de perfección artificial que termina provocando el efecto contrario al buscado. En
lugar de acercar al ciudadano, refuerzan la percepción de que detrás del mensaje no existe
una persona real sino un software alimentado con frases vacías.
Ni siquiera las propias autoridades electorales son capaces de establecer reglas claras para
procesos internos que desde hace meses se encuentran en marcha de manera informal.
Mientras los partidos despliegan propaganda anticipada en distintas regiones del país, los
organismos encargados de vigilar la legalidad continúan atrapados en discusiones
procedimentales que no ofrecen respuestas concretas. Lo verdaderamente absurdo es
observar cómo buena parte de la energía política se concentra en campañas prematuras y en
estrategias digitales de baja calidad mientras asuntos mucho más importantes permanecen
pendientes.
México se encuentra a las puertas de dos acontecimientos que tendrán consecuencias
económicas directas. Por un lado, aparece la Copa Mundial de Futbol, un evento deportivo
internacional que exige infraestructura, movilidad, servicios y capacidad organizativa. Por
otro lado, se aproxima la revisión del T-MEC, un proceso que influirá sobre inversiones y
sobre las perspectivas de crecimiento para los próximos años.
La relevancia de esa revisión comercial quedó expuesta incluso por el propio secretario de
Economía, Marcelo Ebrard, quien ha reconocido que América del Norte atraviesa una etapa
distinta a la que dio origen al antiguo TLCAN. Según esa lectura, el esquema que durante
décadas privilegió la reducción de costos y la maximización de utilidades sin considerar
plenamente los efectos sobre trabajadores y clases medias ha perdido vigencia frente a
nuevas prioridades económicas. La administración de Donald Trump ha impulsado una
visión diferente sobre producción, empleo e industria, circunstancia que obliga a México a
llegar a la mesa de revisión del T-MEC con una estrategia sólida que le permita preservar
su capacidad de atracción para la inversión y mantener su relevancia frente a otras
economías.
Sin embargo, buena parte de la conversación pública parece girar alrededor de bardas
pintadas, videos artificiales y publicaciones fabricadas por algoritmos. Como si la prioridad
nacional consistiera en adelantar candidaturas en lugar de preparar al país para
compromisos que generarán empleo, inversión y actividad empresarial.
La inteligencia artificial llegó para quedarse y seguirá modificando la comunicación
política. La pregunta relevante consiste en determinar si servirá para enriquecer el debate
público o para profundizar la superficialidad que ya domina buena parte de la conversación
nacional.
Por ahora, muchos partidos parecen haber elegido el camino más fácil. Han reemplazado
las ideas por instrucciones de texto y han confundido innovación con automatización. El
resultado salta a la vista, porque nunca hubo tanta comunicación política circulando al
mismo tiempo y pocas veces resultó tan evidente la ausencia de contenido.
