Durante años se dijo que la competitividad de México dependía de su ubicación geográfica, de sus tratados comerciales o del costo de su mano de obra. Todas esas ventajas siguen siendo importantes, pero hoy existe una mucho más poderosa: millones de empresarios que todos los días abren la cortina de su negocio y mantienen en movimiento la economía nacional.
Cuando hablamos de negocios familiares solemos pensar en pequeñas empresas. En realidad, hablamos de la mayor red productiva del país. El comercio, los servicios y el turismo representan el 60.7% del producto interno bruto (PIB), concentran el 82.6% de las unidades económicas, generan el 64.3% del empleo nacional y aportan la mayor parte de la recaudación del IVA y del ISR.
Ahí está la verdadera fortaleza de México.
Los indicadores económicos muestran que el país avanza en una ruta de recuperación gradual. El consumo interno mantiene dinamismo, la inversión comienza a fortalecerse, las exportaciones continúan creciendo y las expectativas para 2026 apuntan a un crecimiento moderado, impulsado por el mercado interno, el nearshoring y la recuperación de la inversión.
Pero la siguiente etapa no dependerá únicamente de la macroeconomía. Dependerá de nuestra capacidad para transformar ese entorno favorable en mejores condiciones para hacer empresa.
Las organizaciones empresariales tenemos una responsabilidad que va mucho más allá de representar intereses. Debemos convertirnos en puentes entre quienes diseñan las políticas públicas y quienes todos los días generan empleo. Esa ha sido la visión que hemos impulsado desde la CONCANACO SERVYTUR.
Las reuniones sostenidas con la presidenta Claudia Sheinbaum y con diversas dependencias del Gobierno de México parten de un principio sencillo: escuchar a quienes viven la economía desde el territorio. De ese diálogo han surgido iniciativas para simplificar trámites, acelerar la digitalización, reducir cargas regulatorias y fortalecer la formalidad. Son decisiones que, bien implementadas, permitirán que miles de empresarios dediquen más tiempo a innovar, vender, invertir y generar empleo, y menos a resolver procesos administrativos.
Sin embargo, la competitividad no puede construirse únicamente desde la Federación. Por ello impulsamos el Pacto por la Prosperidad, la Justicia Económica y la Seguridad, una ruta nacional que reúne a gobiernos estatales y municipales, fiscalías, universidades, cámaras empresariales y sociedad civil para fortalecer el ecosistema donde operan las empresas.
Porque una empresa no solo necesita financiamiento o tecnología para crecer. También requiere seguridad, certeza jurídica, infraestructura, capital humano y gobiernos que entiendan que facilitar la actividad económica también es una forma de impulsar el desarrollo social.
Hoy el mundo observa a México con una oportunidad que hace apenas unos años parecía impensable. La relocalización de cadenas de suministro, la integración con Norteamérica, el crecimiento del comercio digital y la capacidad emprendedora de nuestra población colocan al país en una posición privilegiada. Aprovechar ese momento dependerá de nuestra capacidad para fortalecer el entorno donde nacen y crecen las empresas.
El liderazgo empresarial del siglo XXI ya no consiste únicamente en administrar organizaciones exitosas. Consiste en participar en la construcción de mejores instituciones, impulsar la innovación, fortalecer la colaboración entre sectores y asumir que el éxito de una empresa está profundamente ligado al desarrollo de su comunidad.
México tiene todo para competir con las economías más dinámicas del mundo. El reto no es descubrir nuevas ventajas; es potenciar las que ya tenemos. Y la mayor de ellas sigue siendo la misma: millones de mujeres y hombres que, desde sus negocios familiares, generan empleo, crean valor y todos los días vuelven a apostar por México.
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