Las heridas de la violencia llevaron a Ximena Santaolalla a escribir los recovecos del pasado en Un Jardín al fondo de la noche. El abuso sexual contra niñas y niños no termina cuando la agresión cesa, cambia de forma. Se instala en el miedo, el cuerpo y en las decisiones del futuro, como se plasma en las páginas de esta novela.
“Quería mostrar otras consecuencias que normalmente no se nos pasan por la cabeza”, explicó la escritora en entrevista. Recordó que este ejercicio catártico y literario fue posible a partir de 12 años de experiencia en acompañamiento terapéutico.
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Ximena Santaolalla publica su libro ‘Un jardín al fondo de la noche’
La historia gira en torno a Guinea, quien enfrentó el abuso dentro del hogar durante su infancia. Es así que caminamos a través de las voces narrativas la evolución de su proceso y cómo es que los sucesos influyen en su adultez.
La decisión de construir ambas voces surgió durante el proceso de escritura. Al principio de Un jardín al fondo de la noche, Ximena Santaolalla solo contempló la perspectiva infantil, pero encontró otro tema que reclamó espacio: la vida después del abuso.
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La autora cuestiona algunas representaciones frecuentes en el cine y la literatura, donde las personas sobrevivientes aparecen como futuras agresoras, asesinas o personas incapaces de construir vínculos afectivos.
“Quería mostrar otras consecuencias”, insistió. En su novela, la protagonista adulta tolera situaciones que le producen rechazo porque durante la infancia aprendió a normalizar aquello que vulneraba sus límites.
Esa continuidad también atraviesa la imagen del jardín que da nombre al libro. Durante la niñez, ese espacio funciona como un refugio imaginario frente a la violencia. En la adultez, se convierte en un espacio que permite abandonar el mecanismo de supervivencia para construir otros recursos.
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“Como adultos aprendemos a decir que no y a salir de situaciones donde no queremos estar”, señaló. Sin embargo, reconoció que ese proceso requiere trabajo emocional, ya que muchas personas permanecen atrapadas en patrones adquiridos durante la infancia.
“El tiempo no cura; importa lo que hacemos con él”
La novela también dialoga con una idea extendida sobre el paso del tiempo. Para Santaolalla, los años, por sí mismos, no reparan una herida.
“Yo no creo que el tiempo lo cure todo, a menos que trabajemos con ese tiempo”, afirmó.
Desde su experiencia clínica, explicó que las emociones no siguen el calendario. Una persona adulta puede revivir el abandono, el miedo o la indefensión con la misma intensidad que sintió durante la niñez. Por ello, considera que la recuperación demanda un proceso consciente y acompañamiento.
La historia de Guinea parte de una experiencia personal de la autora, aunque el personaje reúne vivencias compartidas por muchas personas que conoció durante años de trabajo terapéutico. Las cifras también sostienen esa decisión narrativa: una de cada cinco niñas y uno de cada 13 niños sufrirán abuso sexual antes de cumplir los 18 años, mientras que más de la mitad de los casos ocurre dentro del hogar.
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Santaolalla sostiene que la literatura también puede intervenir en esa conversación. Para ella, el arte ocupa un lugar de denuncia y puede abrir preguntas sobre las formas en que la sociedad comprende, atiende y previene la violencia contra las infancias.
En Un jardín al fondo de la noche, el abuso no ocupa la última página del pasado. Camina junto a la protagonista hasta la adultez, donde la memoria deja de ser un recuerdo y se convierte en una forma de mirar el mundo.
